El destino en mucho…mucho humo y una luz


El martes pasado su oficina lucía ordenada, de esas que reflejan la personalidad de su habitué. A la izquierda de la entrada semiabierta, una gigantografía de seis o siete chiquitos de tez negra asomándose para la foto con una sonrisa natural y espontánea, bien en contraste con sus pieles morenas. Por su tamaño, llama el protagonismo de la mitad de su oficina, ésta aparentada más bien como un lobby. Compartía su estadía con el paisaje de dos bibliotecas de madera -con cuatro estantes cada una- que invaden de libros la autonomía de una pared. Una sensación de pertenencia le adorna la oficina. Parecen suyos todos los libros que acompañan a algunos portarretratos de familiares. Se sienta en la otra mitad de su despacho –la parte que no-lobby- y sirve los dos vasos de agua, dándole principio a una historia que relata sin trastabillar, ni tampoco con un suspiro de años de reconstrucción. Esos que lo obligan a contar por qué hoy su nombre no está escrito de color blanco sobre un fondo negro tenebroso y atroz en la entrada de la asociación.

Sus ojos entre los tonos verdáceos y ciel se cristalizaban mientras contaba su historia sin dudar, como si hubiera ocurrido ayer y como si sólo en un día se hubiera reconstruido el edificio de siete pisos y una envergadura de seguridad envidiable. “Los pilotes que hay en cada institución judía son post ’94. Un símbolo de identificación negativo porque se supone que debería haber libre tránsito, que las organizaciones no tendrían que defenderse porque están protegidas, se supone que no debería haber riesgos pero eso sin duda no…” “no es real”, permite concluir.

Hace 17 años, tres meses y veintitrés días Daniel había empezado a trabajar “como cualquier otro día, 8.30…9 de la mañana” y un compañero de trabajo, le pidió ver un “temita” con él. Un temita que fue la excusa para que hoy Daniel pueda dar testimonio del 18 de julio de 1994. Poco faltaba para que sean las 9.53hs, cuando finalmente se dirigió a la oficina de su compañero que distaba de diez metros de la suya y después de unos pocos minutos, quiso volverse. “Me levanto. Yo me quería ir a mi oficina, él me retenía. Yo quería irme y el no me dejaba ir” cuenta casi superficialmente. Sus ojos brillan cada vez más y toma agua para continuar. “Y en ese momento estalla la bomba, el coche bomba. Mi oficina se lleno de escombros, no existió más mi oficina. Así que todo ese episodio… Sí, me salvó la vida.” El silencio rueda desde su boca hasta el resto de las cuatro paredes. Gira y se hace presente. Se nota. Se nota y se respeta, se hace respetar. El momento valida el respeto de 85 vidas que ya no están. Sus cuerpos desmoronados decoran portarretratos o los panfletos que se reparten los 18 de julio casi llegando a las diez de la mañana en el barrio de Once.

Daniel tocó la línea tan finita entre la vida y el otro lado. La acarició, la evaluó, intentó desafiarla y se alejó. En el campo de batalla, estaba del lado de la vida, de construir una familia y de perseguir el entusiasmo que lo lleva a estar orgulloso por trabajar en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), aún después de haber visto humo que atormentaba, desesperación que intranquilizaba, escombros que cegaban y polvo que florecía como si fuera para respirar. Pero aquella nube gris sólo invalidó proyectos, destruyó familias, y atentó contra dignidad humana. Y Daniel Pomerantz es uno de los que luchó contra la voluntad de la atrocidad.

“La estructura se estremeció toda. Trastabillamos, no llegamos a caernos. Era una planta con tabiques… común, como lo son las oficinas. Con vidrios, que estallan, algunos se me incrustaron -y señala su hombro izquierdo, muestra clara de la memoria eficaz- y me lastimaron. En ese momento todo el edificio se oscurece”. Daniel recuerda el momento y se entromete en la historia. Percibe los sentidos, las lastimaduras y las capacidades limitadas que tenía en aquel momento: no lograba ver a más de 80cm de distancia. “Era tan densa la nube de polvo, tan. Salimos viendo las manchas de luz. Atrás había una pequeña terracita entonces vimos una luz y nos fuimos para el fondo. Llego a la terraza y me trepo. Trato de ver para adelante y veo que… que ya no hay edificio.” Narra con simpleza pero a la vez dificultad para seleccionar las palabras. Habla en presente, como si sintiera tan actual lo que pasó hace ya 17 años.

La oficina queda en el quinto piso de Pasteur 633. Ya no hay resabios de la atrocidad en las medianeras de los edificios linderos. No hay negro en paredes ni huellas físicas alrededor. Pero sí está el hecho. El hecho vive los sobrevivientes, lo sienten parte de sí. “Seguramente que sí, no podría expresarlo en términos muy conscientes, pero seguro que sí. Uno es la construcción de todo lo que le pasa, de lo que vivió de su niñez, de su historia de vida, de lo que le fue muy bien y de lo que le fue muy mal. Y obviamente que ese día quedo como un hito, como un momento bisagra, como algunos otros… no es el único, ¿no?” se queda pensando.

De la historia de la comunidad judía en Argentina es el lado más oscuro. Bajo esta historia, sólo queda aprender de los errores. Por eso, hoy tiene un servicio de seguridad eficiente y específicamente detallista en su labor. Y hoy AMIA es más que la mutual: es el fortalecimiento de una comunidad, es pensar en el futuro después de vivir en carne propia un atentado sin ningún porqué. Y el futuro le jugó de su lado. El enorme edificio es diez veces más grande que el anterior, la asociación presta servicios a más de 10.000 personas por año y cuentan con más de 170 empleados y Daniel es uno de ellos. “Yo seguí trabajando porque me entusiasma la actividad, porque me interesa el tema del gerenciamiento y desarrollo de las organizaciones sin fines de lucro y porque AMIA me parece que es una organización relevante.” dice el contador público.

Y aquí viene el momento epifánico: el futuro. Dejar de trabajar allí fue la decisión de muchos. Porque sus familias se lo sugerían, por decisión propia, o “porque no podían. No podían o no querían”, recita como si se hubiera referido una cuestión de capacidad psicológica. Pero otros, con fuerza, superación y como militantes de la organización, siguieron. “Me plantee un desafío profesional y personal muy interesante. Obviamente eso sin soslayar el momento traumático del atentado. Había cambiado todo. Lo único que seguía igual es que uno trabajaba para AMIA, todo lo demás fue diferente”.

De los escombros a la luz. De las ciencias exactas al milagro oportuno. Y finalmente, del viejo edificio a la oficina del Director Ejecutivo de la organización: Daniel Pomerantz.

Anuncios

Acerca de Sheila 2311

Estudiante de periodismo.
Esta entrada fue publicada en Internacional. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El destino en mucho…mucho humo y una luz

  1. Alan dijo:

    Me encanto el post!!! Sos una genia escribiendo!
    Te felicito!!

  2. sabri dijo:

    capaaa sheiluuchii!
    mee gustoo muchoo.
    futuraaa periodista de cqc (aaaaa re jajaja)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s